Entre palos y piedras: el privilegio de pareja.

Por Luna B. / 25/12/14

Es muy común que en los ambientes donde se practica a cabo el Amor Libre, haya personas que consideren que tienen el derecho de piso por ser la pareja más antigua. También es común encontrarse con comentarios despectivos hacia las persona que no respetan este privilegio que se asume que una pareja debería tener por longevidad. Por ejemplo: “Estamos juntos hace seis años y le importa más esa cualquiera con la que sale hace dos meses.” Otras personas creen que las parejas nuevas deberían tener ese privilegio porque se asume que la nueva relación es más delicada que una que ya tiene sus bases fundadas y, por lo tanto, se le debe dar más prioridad. Esto a veces puede llevarse a cabo al mismo tiempo que se da por sentado y se descuida la permanencia de la relación más antigua.

Estuve en ambas situaciones y me encontré con decisiones ajenas diametralmente opuestas. También fui la que dio o negó ese privilegio a alguna de las partes o a ninguna en diferentes situaciones. Y, analizándolo, creo que la única forma de que lo ceda es si una de las personas involucradas lo exige y la otra no, lo que hace que se lo termine dando a la que no lo exige porque me siento muy incómoda con la imposición de reglas que intenten controlar factores externos a la relación de la que surgen.

Creo que este privilegio no debería existir en absoluto y que la prioridad que se le dé a cada situación debería partir desde las necesidades, deseos y herramientas de las tres (o más) personas involucradas, y no desde cuántos aniversarios tuvieron juntos o no porque este privilegio es una jerarquía implícita obligatoria.

También sucede que generalmente hay una necesidad de validación de las relaciones que tenemos tanto interna como externa. Y, por más que los miembros de la relación no elijan la jerarquía, el privilegio de verse como una pareja primaria, constituida y socialmente aceptada se le suele dar a la aquellos que tienen mayor longevidad y/o conviven.

Una vez una persona cercana a uno de mis vínculos y a otra de sus relaciones afirmó, en frente de los tres, que él se había enamorado de mí porque probablemente ya no la amaba más a ella.

También, para mi sorpresa, tuve que enfrentar una situación en la cual la madre de este vínculo atacó la relación que tengo con su hijo públicamente en Facebook, y usó como herramienta una complicidad inexistente que dió por sentado con mi metamour, quien de forma repentina y circunstancial se transformó en su “nuera” favorita.

En otra ocasión sucedió que los factores externos afectaron profundamente el comportamiento y las inseguridades de alguien cercano. En una de mis primeras reuniones con un grupo de personas (de las cuales algunas luego terminaron convirtiéndose en parte de mi red poli), donde teníamos la posibilidad de quedarnos a dormir, mi entonces metamour y ahora amiga íntima, quien acababa de iniciar una relación con un vínculo en común, estaba realmente aterrada ante la posibilidad de que el resto considerara que ella era la relación secundaria si no dormían juntos en la misma cama. Ella todavía estaba lidiando con el hecho de que era nueva en el mundo del amor libre.

Varias personas muy cercanas me insistieron durantemente varios meses, basándose en sus propios estándares, en que yo era la pareja primaria de mi reciente relación sexoafectiva como si eso fuera un mérito, un objetivo que había cumplido, como si hubiera encontrado lo que tantas mujeres desean en sus vidas, entre las cuales me incluían en contra de mi voluntad. Aún cuando les repetí y expliqué en diversas ocasiones que ni yo soy una persona que funcione en base a esas jerarquías, ni tampoco lo hace la persona a la que se referían. ¿Qué hubiera pasado si mi metamour, quien estaba pasando por sus propias inseguridades internas, se hubiera enterado de esto? ¿Qué hubiera ocurrido si, por el contrario, su percepción hubiera sido la contraria y la hubieran expresado de igual forma?

Hay muchas personas que se sienten solas en su camino porque no tienen la posibilidad de hablar de los problemas y logros de sus relaciones no-monógamas. Pareciera ser que se toma al amor libre como la base de todas las desgracias o que se desestima los sucesos afortunados diciendo, de forma despectiva, que de todas formas es algo temporal y que ya se le va a pasar, o que cuando madure y siente cabeza se va a decidir por una sola persona. Estos juicios no sólo vienen de personas que se rigen bajo las normas monógamas, si no también de aquellos que eligieron el camino del amor libre pero siguen sosteniendo las bases y las jerarquías de la monogamia, transformando su práctica en una especie de “monogamia+1”.

Vivir abiertamente de formas que no se adapten a la mononorma y que incluso cuestionen sus mismas bases o planteen formas diferentes de relacionarse en general (no sólo románticamente), genera que cualquier persona externa crea que tiene el derecho a criticar y opinar sobre el valor y el peso de tus relaciones y tus sentimientos. Así, aquellas personas que no tienen idea de cómo funcionan las relaciones no-monógamas de alguien influyen de forma progresiva y profunda en la percepción de las personas a las que se les emite estos juicios.

Todas estas situaciones generaron que me planteara muchas preguntas, preguntas que creo que todos, sin importar qué tipo de relaciones elijan para sus vidas deberían hacerse:

  • ¿Cuántos de nuestros miedos e inseguridades son resguardados por la relación directa que tenemos con esa persona?
  • ¿Cuántos son impuestos externamente por el papel que se supone que tenemos que cumplir y las expectativas a las que tenemos que llegar en cierto rol?
  • ¿Cuántos son por comparación o lo que percibimos que hacen o tienen otras personas?
  • ¿Cuántos son porque, ante la mirada externa, lo que tenemos con una persona no es amor o amistad o sexo?
  • ¿Qué pasa cuando personas externas comparan las relaciones sexoafectivas que puede llegar a tener una persona con otras y deciden cuál es la más “importante” o la más “compatible” basándose en sus propios estándares?
  • ¿Hasta dónde queremos probar que están equivocados, que no saben de lo que hablan y hasta donde nos afecta profundamente en cómo nos percibimos a nosotros mismos y a nuestras relaciones?
  • ¿Cuáles de estos juicios externos nos generan inseguridades que no están basadas en cómo se haya desarrollado la relación y en la dinámica de la misma?
  • ¿Cuántas de estas inseguridades no existirían si todas las personas decidiéramos no hacer un juicio de valor sobre las relaciones que tienen otras en las que no nos involucramos directamente?

Creo que, por más que cada uno se considere un individuo con sus propias bases e ideologías y que creamos que los palos y piedras podrán romper nuestros huesos, pero las palabras nunca nos herirán, no tenemos que olvidarnos que lo social y cultural también nos afecta, y que nosotros afectamos a otras personas en formas que muchas veces no podemos percibir. Dar un paso a un costado para cuestionarse no sólo cuando estamos siendo afectados por factores externos si no también en qué medida somos los que afectan la percepción de otras personas, es un paso esencial para poder mejorar la calidad de vida de los demás y la forma en la que vivimos nuestras relaciones de cualquier índole, desde las sexoafectivas, hasta las laborales o las meramente circunstanciales.