“Pareja-centrismo”, poliamor y colonialismo

Hace un par de días, asistí a una clase y conversación sobre relaciones abiertas en unsex shop feminista de un barrio cada vez más de moda en mi ciudad, ubicada en la región central de Estados Unidos. La clase estaba dirigida a aquellos curiosos o principiantes en las relaciones abiertas. Aunque estoy metida en esto desde hace 19 meses, todavía soy una novata. Mi fabulosa educadora sexual, Divina, una mujer negra como yo, fue quien dio el curso. Ella también hace activismo comunitario que abarca un rango de otros problemas sociales que se entrelazan y van más allá de la sexualidad. En una comunidad poli mayormente blanca y de clase media, donde huyo de los eventos grupales polis porque me siento como una intrusa cultural, me someto bajo mi propia voluntad al liderazgo políticamente sofisticado, habilidoso y efusivo de Divina. Al igual que yo, ella considera que la monogamia obligatoria es un pilar de la sociedad heteronormativa, patriarcal y colonial. Cuando se discute en profundidad sobre el lado político de estos temas, sé que puedo sumar mi voz a la suya, y que nos apoyamos mutuamente. Además, tiene más años de experiencia que yo en el terreno de las relaciones abiertas. No obstante, esta clase en particular apuntaba más hacia una audiencia general, al abordar cuestiones típicas de muchas clases poli para principiantes, como por ejemplo el manejo de los celos y esa necesidad de comunicación inagotable que es el sello de una relación poliamorosasana.

Mientras que la extrema diversidad racial y cultural en esta reunión era alentadora (¡era en un sex shop feminista!), otra tendencia cultural, de la que voy a hablar en este post, se alzaba amenazante sobre el evento. Ésta es la cultura centrada en la pareja que impregna la escena poli en mi ciudad y en la sociedad en general. La convivencia en pareja es, generalmente, la suposición fundamental que ancla muchas discusiones polis. Los temas de conversación en esta clase incluían: ¿Por qué abrir la El relación “primaria”? Y luego las reglas básicas para considerar dentro de la pareja: ¿Quién puede y no puede ser candidato para una relación adicional (¿amigos mutuos? ¿ex-parejas?)? ¿Qué formas de sexo la pareja acuerda que están bien? Ya saben a qué me refiero. Al ser una persona solo poli, me senté allí sintiéndome conflictuada y pensando “¿Acaso nosotros, los polis solteros, sólo estamos en el mundo para servir sexual y emocionalmente a los individuos en pareja?” Recibimos el “honor” de estar en una lista de parejas apropiadas, ser“secundarios” elegibles, ¿o no? Nuestros cuerpos y corazones y deseos se transforman en objetos con los que las reglas de las parejas deciden que está permitido hacer, ¿o no? Es fácil sentirse subordinado en este tipo de escena poli, una especie de “abrojo” en una entidad más permanente… y más legítima.

Sin duda, muchas personas poli en relaciones primarias luchan contra la jerarquíaentre esa relación primaria y una relación externa. Después de todo, la estructura de una pareja tiene sus límites. ¡Incluso el lenguaje de “secundario” y “primario” es limitado! E incluso en una visión poliamorosa del mundo, que busca deshacer muchas de las represiones y exclusiones de la monogamia, la normatividad de la pareja permanece incuestionable por muchas parejas poli. Sin embargo, su primacía en nuestra sociedad se origina en las mismas instituciones y valores indiscutidos que producen la monogamia que resistimos. Al igual que la monogamia, la posición de la entidad de la pareja como esencial para la familia nuclear está ligada a la negatividad sexual contra la cual los poliamorosos luchamos, mientras que defendemos y llevamos un estilo de vida en el que el sexo y el amor no son vistos como recursos limitados (a diferencia del tiempo) y, por lo tanto, no se los “reserva” para una sola persona. Como la monogamia, la pareja (en especial cuando está legalmente casada), es legitimada y recompensada a cada paso: idoneidad para sacar seguros médicos (en EE.UU), acuerdos mejor definidos para la custodia de los hijos, beneficios impositivos, y el reconocimiento y la validación pública general. En nuestra sociedad, se supone que este tipo de acuerdo es el lógico objetivo final, lo que todos estamos buscando… o deberíamos buscar. Uno de mis bloggers favoritos, SoloPoly, escribió un post excelente sobre esta “escalera relacional”, o la progresión esperada: conocerse por primera vez, cortejarse, tener sexo, presentar la pareja en público, desarrollar una intimidad exclusiva, establecer una rutina juntos, y el compromiso definido por estos pasos, que culmina en un matrimonio legal que se supone durará hasta que uno de los miembros de la pareja muera. También subió un segundo post sobre el “privilegio de pareja”, y otro de un autor invitado sobre el poliamor centrado en la pareja, que tiene un enlace a la Declaración de los Derechos de las Parejas Secundarias. ¡Voy a pegar ese en mi heladera!

La lucha por el reconocimiento del matrimonio entre personas del mismo sexo también da fe de lo generalizada que es la cultura centrada en la pareja. La díada, durante mucho tiempo conformada por personas de sexos opuestos y ahora cada vez más por personas del mismo sexo, se presenta como la unidad fundamental del amor y la familia. Es una estructura clave empleada para intentar obtener lo que deben ser derechos humanos y civiles básicos para todos los ciudadanos. Me recuerda a los libros de biología que describen al gen como “la unidad fundamental de vida”, un ejemplo de fetichismo genético en el cual las moléculas son simplificadas para representar formas socio-biológicas de relacionarse más complejas, cuando en realidad tanto lo innato como lo adquirido interactúan de maneras mucho más interesantes y azarosas. Además de este esencialismo genético, tenemos en nuestra cultura un esencialismo de la pareja. Tenemos un fetiche con que en la pareja se encuentre la raíz del amor y la familia, que de hecho son producto de relaciones socio-biológicas mucho más complejas.

La pareja (monógama) y las nociones más reducidas de familia tienen dificultades para contener y, a menudo, de sostener la gran complejidad de relaciones que nosotros los humanos sentimos y forjamos mientras intentamos conectarnos entre nosotros a lo largo de la vida. Como con los genes, no estoy diciendo que la pareja sólo produce mitos y narrativas dominantes. Como secuencias moleculares, a veces hay belleza y profundidad en lo que la pareja produce. Pero así como los genes por sí mismos no encarnan la enormidad de la “vida” (a pesar de las afirmaciones de tantos científicos y de la cultura popular en general), la “pareja” y la “familia nuclear” en su forma más esencial tampoco deberían personificar toda la enormidad del amor humano, el deseo físico y la familia. Una nota final sobre el matrimonio entre personas del mismo sexo: los gays no siempre llevan a cabo el matrimonio como los heterosexuales esperan que lo hagan. Para dar un ejemplo entre muchos, tienen una mayor aceptación de la ética no-monogámica. Veo esto como otra ventaja del matrimonio  igualitario, además de ser un derecho para las parejas del mismo sexo. Este punto de vista no-monógamo puede ayudarnos a transformar el matrimonio en una institución menos represiva.

Desde luego que no siempre imperó el ideal de la pareja monógama. En Public Votes: A History of Marriage and Nation, Nancy Cott asevera que en la sociedad estadounidense el modelo cristiano del matrimonio monógamo de por vida no fue un punto de vista dominante hasta finales del siglo XIX, que tomó trabajo lograr que el matrimonio monógamo pareciera una conclusión inevitable, y que la gente tuvo que elegir transformar al matrimonio en la base de la nueva nación. En The Importance of Being Monogamous, la historiadora Sarah Carter también muestra cómo “el matrimonio era parte del plan nacional en Canadá. La ‘fortaleza’ del matrimonio se estableció para proteger nuestra forma de vida [canadiense].” Al mismo tiempo que el matrimonio monógamo se consolidó como una idea central en la construcción tanto de la nación estadounidense como de la canadiense, los pueblos indígenas de estos dos países fueron acorralados con saña tanto conceptual como físicamente dentro de fronteras coloniales e instituciones que incluían reservas, escuelas residenciales e iglesias y misiones, todas designadas para “salvar al hombre y matar al indio.” Una parte de salvar a los indios de su propio salvajismo significaba adoptar la virtuosa institución de la pareja monógama y la familia nuclear. Los derechos de tenencia de las tierras se unieron al matrimonio en formas en las que ataban el bienestar económico de las mujeres a esa institución.

De hecho, la familia nuclear es la alternativa idealizada más común al contexto defamilia tribal/extendida en el cual fui criada. Como para muchos otros pueblos indígenas, antes de la colonización la unidad social de mi pueblo era el grupo familiar extendido, que incluía el matrimonio plural. Mi gente tiene una palabra especial para esto, pero al usarla estaría revelando mi identidad  tribal. En retrospectiva, puedo ver que mi camino a la no-monogamia ética empezó precozmente al observar en comunidades tribales fracasos en parejas monógamas, o en la monogamia serial extrema, y en rupturas de la familia nuclear. Mientras crecía fui sometida tanto por blancos como por indios a narrativas de escasez y de fracaso, como descripciones de “familias rotas”, “embarazos adolescentes”, “madres solteras” y otros “intentos fallidos” de nativo americanos, para pintar nuestras vidas con un lindo barniz blanco, nacionalista y de clase media. Solía pensar que eran los fracasos de vivir bajo ese ideal lo que me disgustaba, y por eso huí hacia ciudades costales y hacia una educación superior, mientras que afirmaba desde muy temprana edad que nunca me casaría. Ahora veo que me estaba sofocando bajo el concepto y la práctica de una normativa de familia nuclear de clase media, que incluía el ideal de una pareja heteronormada. ¡Y punto!

Cuando era chica, era bastante feliz durante esos momentos en los que me sentaba en la mesa del comedor de mi abuela rodeada de cuatro generaciones y, a finales de la vida de mi bisabuela, de CINCO generaciones de familiares. Nos reuníamos en su pequeño comedor de linóleo color naranja quemado y con cortinas con volados, y nos sentábamos al lado de la antigua vitrina de la porcelana mientras la gente desbordaba la pequeña sala de estar; todas las generaciones comían, reían, jugaban a las cartas, tomaban café, hablaban sobre política tribal y volvían a comer. Los niños entraban y salían corriendo. Yo me sentaba en silencio al lado de mis abuelas esperando que nadie me viera, así  evitaba jugar con los niños y en cambio, escuchaba a los adultos contar historias divertidas y discutir salvajes políticas tribales. Las parejas, los matrimonios y las familias nucleares tenían poco peso en esa reunión. Los colectivos (tanto mi familia extendida como la tribu en sí) arrojaban una red mucho más amplia, significativa y de un complejo tejido.

La matriarca de la familia, mi bisabuela, siempre se estaba riendo. Solía hacer trampa cuando jugaba a las cartas y contaba historias graciosas y emotivas sobre mi bisabuelo, que había muerto dos décadas atrás. Tíos y tías aportaban sus recuerdos de infancia para reconstruir esas historias; mi madre solía traer la conversación de nuevo a las políticas tribales o nacionales; a algún bisnieto se lo felicitaba por un logro artístico, académico o deportivo; al bebé recién nacido se lo consentía como a un nuevo ser humano que había elegido a esta familia. La madre, que tendría 18 o 20 años y era soltera, tendría ayuda y le dirían que vuelva a la escuela o que busque un trabajo para darle una mejor vida a su bebé.

Demasiados de mis familiares se enfrentaron con elecciones de vida más restringidas que las que yo tengo ahora. Otros simplemente no estaban dispuestos a sacrificar una vida vivida a diario entre la familia y la tribu, como lo he hecho yo. Desde mi punto de vista, parece que la mayoría de los miembros extendidos de mi familia se sienten más seguros en esa familia de pueblo chico y esa comunidad tribal, o en la comunidad “india urbana” más poblada y coherente en la que pasé parte de mi infancia, que en las  tradiciones eurocéntricas de la familia nuclear y el matrimonio. Por otro lado, mi seguridad y mi relación primaria es la educación y la escalera profesional en la que viajo y trepo hacia cada vez más oportunidades en ciudades importantes. Paradójicamente, al buscar seguridad fuera de la imposición colonial  del matrimonio y la familia nuclear (aunque también probé ambas por un buen tiempo y no fui muy hábil para eso), escojo un camino sumamente individualista que me enreda en diferentes conjuntos de instituciones coloniales: todas las entidades corporativas, sin fines de lucro, o gubernamentales e instituciones académicas en las que he trabajado. También tengo una red indígena y profesional global que le da un enorme sentido a mi vida.

Pero los individuos que forman parte de ellas rara vez están a la noche cuando necesito a alguien con quien compartir palabras, risas, comida y contacto. Necesito construir una especie de grupo familiar extendido aquí en la ciudad en la que vivo. Dudo que la convivencia en pareja (mía o de otros) combinada con las relaciones “externas” alguna vez sea suficiente en este contexto. Construir algo más colectivo es mi deseo y mi desafío. A pesar de mi enfoque en en el “pareja-centrismo” del mundo poli, algunas personas polis se refieren a sus redes íntimas, sus familias extendidas, como “tribus”. Pero incluso esos individuos no encajan conmigo por razones culturales de las que ya he escrito en posts anteriores,  ISO Feminist (NDN) Cowboysy Poli, no pagana y orgullosa de eso. Aprendo más que nada lecciones sobre comunicación abierta del mundo poli, pero he hecho pocos amigos allí. Me fijo más en los pueblos indígenas para encontrar modelos parciales y continúo buscando en esta ciudad personas que no sean indígenas y que no encajan en este modelo cultural poli, pero que se comprometen en relaciones abiertas. Por desgracia, es agotador ser una minoría dentro de una minoría. Pero nunca puedo resistirme a un desafío.

Una última observación: compañeros indígenas que admiro hablan y escriben sobre “descolonizar el amor”; como por ejemplo el blog Nitâcimowin de la graduada de la Universidad de Victoria, Kirsten Lindquist (de la tribu Cree-Métis). Obviamente me encanta su enfoque en el análisis descolonial en las relaciones, que es un marco generativo para empujarnos a articular un mundo mejor. Pero mi ser envejecido y algo cínico no termina de creer que podamos descolonizar de verdad, en el sentido de desmantelar o alejarse del colonialismo. Vivimos dentro de una descomunal estructura colonial cuya construcción consumió gran parte de los recursos mundiales. ¿O acaso no todas las maniobras contra el colonialismo ocurren en relación íntima con sus estructuras? No hay un exterior. Muy dentro de las sombras y las movedizas (¿resquebrajadas?) paredes de ese edificio, ya no veo más los fracasos de mi familia y de mi tribu por mantener una monogamia y una familia nuclear duraderas como fracasos. Nos veo experimentando, trabajando progresivamente con herramientas y tecnologías que no hicimos nosotros, combinadas con prototipos culturales indígenas en cualquier espacio abierto que podamos encontrar para construir vidas que tengan algún tipo de sentido para nosotros.

Fuente:http://www.criticalpolyamorist.com/homeblog/couple-centricity-polyamory-and-colonialism

Traducción:Victoria Martinez y Luna B.