Amor Propio, Relaciones Sanas y Abuso

¿Qué con la insistencia?

Por Caro S. / 03/08/15

¿No es divino sentirse deseado?

¿Que te tiren de la manga mientras te hacen una cara tierna y te pidan algo que realmente quieren? Que sea tan fuerte lo que sienten por vos que necesitan agarrarte la cabeza y besarte, aún cuando les dijiste que no lo/s quería/s ver más?

Ay qué romántico. Sin embargo cuando me pasó a mí, no había música de fondo como de final heroico de película bajo la lluvia. Me dio la impresión de que no estaba tan bueno sentirse deseada si eso implicaba sentirme incómoda o presionada, o cambiar de opinión respecto de algo que estaba muy segura hace segundos. Me pregunté, después de ceder en algo y sentirme mal conmigo misma, si eso era deseo o que al otro realmente le importara poco y nada mi voluntad.

Demos vuelta la cámara: qué molesto es cuando te mando veinte mensajitos y no contestás, cuando te pregunto todos los días ni bien te conectás cómo estás y no me canso de cambiar opciones para salir a ver si de una buena vez aceptás. ¿Por qué decís siempre que no, si te tiro onda copada?

A veces repaso mis acciones y tal vez mi ansiedad se convirtió en molestia, en presión. No me daba cuenta de que al otro tal vez le costaba decir que no, ponerme un límite, o que simplemente hacía un vacío porque no tiene interés en lo que yo le ofrecía. ¡O tal vez, si! Tenía interés, pero de sentirse deseado, necesitado, perseguido y nada más… ¿es lo que estoy buscando realmente?

Creo que ninguno de los lugares adonde llevan estas situaciones me interesa. Por un lado llevan a que alguien acepte “porque se sintió comprometido”, lo cuál al final del día genere situaciones incómodas, ningún disfrute y el desgaste del vínculo. La opción de insistir constantemente me lleva a perseguir algo que realmente no me da nada (a menos que sea un juego con plena consciencia de las dos partes).

Más allá de los géneros acorde a los cuáles fuimos criados o acostumbrados (no sólo la familia, sino la escuela, los amigos, la sociedad en general) nos manejamos con cierta lógica de almacenero en la que yo te doy algo a cambio de otra cosa, te doy plata me das caramelos, te invito un trago a cambio de atención plena, yo soy bueno entonces vos también, y así. Y nos mata cuando el otro es bueno, cuando tiene‘gestos’, ‘cortesías ’o ‘hace lo que siente’ : qué más valioso que algo que viene de uno? Entonces uno se siente comprometido, ¡hay que responder! No vas a tomar lo que te ofrecen, sonreír, decir gracias y listo. ¡Claro que no! Hay que ser mini-esclavo unos minutos ya que el otro se dignó a expresarte interés.

Es agradable cuando nos ofrecen un gesto de interés o cariño sin que lo esperemos, pero: ¿estamos obligados a retribuirlo porque simplemente nos lo ofrecen?

No encuentro la lógica que me obligue a aceptar algo que no pedí ni quiero, por el simple hecho de que otro quiere hacer su voluntad, y encima (en muchos casos) obtener algo a cambio.

Aún así muchas veces me costó, y me sigue costando, el decir “gracias, pero no gracias”. Decir No, poner un alto. Me cuesta desde el momento en que debería identificar la situación: esto implica conocer lo mejor posible mis deseos, comodidades y límites, mi manera de entender una interacción. Teniendo presente esto cada vez resulta más claro cuando alguien está avanzando sobre límites que yo no expresé, o simplemente dando algo que no quiero para mí.

Acá viene la parte más difícil (bueno, para mi), que es decir: “no”. De cualquier forma posible, desde la amable hasta la más engranada (aunque la última cuesta menos que la primera).

Es esperable que el otro entienda el mensaje oculto cuando alguien desaparece o se diluye en el éter, no responde. Pero no siempre es así, ya que como hay gente que no sabe decir “no”, hay otra que no sabe detener su impulso aún cuando no está dando resultados. Es la peor combinación cuando se encuentran estas dos anti-voluntades, y es importante saber que sucede y que me puedo cuidar, irme y que cada uno se haga cargo de lo que le pertenece.

Decir que “no”, marcar el límite de mi voluntad, es importante para mi, después para el otro. Hay casos donde no va a pasar de una simple hinchada de pelotas, pero habrá otros casos en dónde preferiremos evitar la situación.

Marcar el límite de mi voluntad es, también, conocerme y respetarme. Podemos crear muchas técnicas, trucos y organizaciones para contenernos, rodearnos de amigos y gente linda, pero siempre estamos con nosotros mismos. Nos llevamos a todos lados, todo el tiempo. Entonces creo que es importante hablar, expresar y saber hasta dónde. El deseo no puede ser un impulso descontrolado que nos lleva a lugares impensados con tal de explorar, eso no es libertad. Algo más cercano a la libertad y el placer es saber encauzar ese deseo, elegir conscientemente cómo satisfacerlo, sin presionar los límites. Los míos, y también los ajenos.