Ser gordo, mulato, femme, feo y aborrecible por Caleb Luna

Por Caleb Luna / 12/11/14

El colonialismo nos adoctrina para que idealicemos románticamente la delgadez, la blanquitud y la masculinidad, tanto en nosotros mismos como en el resto del mundo. ¿Y cómo yo, gordo, mulato y femme puedo deconstruir mi deseo de tal manera que me desee a mí mismo? ¿Cómo puedo amarme en un mundo que no para de decirme que no soy alguien a quien se deba amar? Y de nuevo, ¿cómo puedo deconstruir mi deseo de tal manera que nunca más vuelva a acosar con la mirada a ese chico delgadito que se niega a verme como la diosa que soy?

Según las construcciones coloniales de belleza y deseo, ser gordo, mulato, homosexual y femme es ser feo. Significa sentirse y ser aborrecible y que todo el mundo esté de acuerdo con ello. Ser gordo y mulato mientras tu mentalidad está colonizada significa apreciar, desear y dar prioridad al amor romántico, un amor que no te corresponde y que no te querrá nunca. Significa no poder escapar del estómago de la bestia.

Belleza y fealdad

Feo es cómo me muevo por el mundo, cómo me ve la gente, mis compañeras de trabajo, mis potenciales amantes, mis jefas, la gente de mi entorno, las médicos, las profesoras, las trabajadoras del sector servicios, etc. Esta percepción afecta directamente al trato que recibo a diario. Me han rechazado en varias entrevistas de trabajo debido a mi cuerpo, no quepo bien en las mesas con butaca de los restaurantes, en los asientos del avión y en los pupitres. Todo es un recordatorio constante de que este mundo no está hecho para mí.

He desarrollado sentimientos afectivos a lo largo de mi vida y en muy raras ocasiones han sido recíprocos, aunque la gente por la que he desarrollado esos sentimientos normalmente han sido amigos, gente que me apreciaba e incluso me quería de otras maneras. Sin embargo, no pasé por alto que estas mismas personas, con asiduidad, preferían antes tener citas con gente delgada o blanca que con gente como yo. Comencé mi primera relación romántica poco después de cumplir los 27, y, a esas alturas, no me costó mucho ver que muchos de mis allegados ya habían tenido varias. Tampoco me costó ver que muchos de nosotros no las habíamos tenido ni las tendríamos nunca.

Con esto no estoy diciendo que nadie ame ni desee a la peña gorda y a la gente no blanca, todo lo contrario, hay múltiples ejemplos así en mi entorno. Pero esto no elimina el hecho de que nuestros amplísimos sistemas culturales, aquellos que alimentan nuestras decisiones y deseos, descansan sobre siglos de historia en los que, sistemáticamente, se ha otorgado privilegio a determinados cuerpos mientras que se han marginalizado otros. En consecuencia, no dejo de ver múltiples ejemplos de cuerpos marginalizados en los que el deseo no tiene cabida.

Hablaba con mi amiga, Ivette González-Alé sobre identidad gorda cuando se hizo la siguiente pregunta: « ¿gorda para quién?». Decía que su cuerpo era idéntico al del resto de su familia; sus caracteres indígenas hacen que su cuerpo se considere ajeno a los estándares blancos de altura, peso y distribución de la grasa corporal. La gordura se contrapone a los cuerpos blancos, sacando del juego comparativo al resto de grupos étnicos, y creando de esta manera una identidad totalmente ajena a su propio cuerpo mulato.

Teniendo en cuenta que muchas de las personas gordas en los Estados Unidos son también pobres y no blancas y también considerando que lo personal es lo político, apreciar y desear cuerpos blancos y delgados se convierte en una (poco) sutil colaboración con la supremacía blanca y el privilegio de clase. Y son especialmente los hombres los que ganan dentro de estas construcciones, como demuestran las opciones, aparentemente graciosas, pero que poco tienen de irónicas, que existen las aplicaciones telefónicas para ligar que usan hombres homosexuales: «ni gordos ni femme», «ni negros ni asiáticos».

Si eres gordo en entornos de hombres homosexuales solo serás apetecible si tienes un cuerpo de oso peludo, ya que la barba te reafirma en tu masculinidad y compensa la tendencia a la feminización de la gordura. Sin embargo, puedo extraer el origen de mi cuerpo lampiño de mis raíces indígenas, de tal manera que cuando empieza la charlita para medir lo muy oso o lo poco oso que soy (pelo en la barba, el ombligo y en el resto del cuerpo) y mi negritud comienza a ubicarse un determinada y solitaria categoría, toda la charla puede resumirse en: «si eres blanco y estás gordo, no pasa nada». Es este un entorno del que me repele participar tanto por el racismo como por la misoginia encubierta; pero no deja de ser el único espacio donde cuerpos masculinizados pueden sentirse apreciados o incluso deseados.

Hubo una breve época en la que algunos hombres —en concreto hombres gordos y negros— se interesaron por mi cuerpo. Fue una experiencia totalmente increíble tener relaciones sexuales con hombres con un cuerpo como el mío. Sin embargo, en el momento en que cambió mi expresión y adopté la identidad femme, estas comunidades parecen haber perdido interés. ¿Qué te queda cuando eres demasiado mulato, demasiado femme, demasiado marica para los osos? ¿Cuándo se convirtieron en tu único recurso? ¿Cuándo, incluso en espacios radicales de maricas no blancos, ha comenzado a darse preferencia a los cuerpos delgados, masculinos, cisgénero y normofuncionales? Además, aun esforzándome activamente para interrogar, expandir y enfrentarme a mi propio deseo, no estoy exento de perpetuar estas actitudes. Entonces, ¿cuál es el lugar para la gente como yo?

Soy una persona antirromántica porque rechazo la propia idea del amor romántico; la considero nociva para mi salud mental. Significa estar expuesto de manera eterna e íntima a los entretejidos sistemas de supremacía blanca, gordofobia, cisexismo y demás. Bajo esos sistemas, mi cuerpo no puede ser ni neutral ni mucho menos erótico, no puede ser objeto de deseo sin ser convertido en un fetiche descontextualizado y excluido. No solo eso, mi cuerpo también se vuelve invisible en aquellas concepciones alternativas creadas por las personas que buscan destruir esos sistemas, aquellas personas más involucradas en esos sistemas de lo que ellas, nosotras o yo estamos dispuestos a reconocer.

El amor romántico tal y como lo conocemos es un constructo colonial. Es una empresa perpetua, posesiva y monógama que sangra cada segundo de tu vida y cuyo fin es, apoyándose sobre la familia nuclear, sostener al sistema capitalista y al supremacismo blanco heteropatriarcal. Nos enseñan que el amor romántico es esencial, nos lo muestran como un mito de autorrealización. ¿Qué podría cambiar si nos construyéramos en base a amor propio, amor platónico o amor comunal? Podríamos adivinar la belleza dentro de nuestra interdependencia, más que observar a un grupo de personas competir por salarios o modos de vida más elevados a costa de las demás. Dar prioridad a la formación de familias en vez de comunidades crea jerarquías en las cuales ciertas personas son más merecedoras de nuestra atención, protección y devoción que otras. Si reestructuramos el amor romántico y lo hacemos equiparable al amor propio, platónico o comunal, conseguiríamos establecer prioridades de cuidados y de sustento para nuestra comunidad, unas prioridades muy parecidas a las que podríamos facilitar a nuestra pareja emocional.

Familia nuclear

En su artículo Moving Toward the Ugly: A Politic Beyond Desirability (De paseo por lo feo: la política más allá de lo deseable), Mia Mingus nos urge a que dejemos atrás nuestra concepción binaria de la belleza y alcancemos lo que ella llama magnificencia: abrazar lo Feo y la diversidad de los cuerpos. Mingus ubica el concepto de belleza en una construcción inherentemente exclusivista en la que se impide específicamente el acceso a personas no blancas, a personas trans, a personas no conformes con su género o a personas diversofuncionales. Con toda esta información, aun sigo dándole vueltas a lo que significa ser feo, ser bello y mi involucración en la belleza. Si ser «no bello» significa no ser o no sentirse «digno de ser amado», y si «digno de ser amado» significa «humanidad», ¿qué pasa con las personas que no somos bellas? ¿Qué significa ser «digno de ser amado» bajo una construcción colonial del amor y de la belleza articulada en base a la supremacía blanca y al colonialismo? ¿Implica algo diferente para mi cuerpo gordo, mulato, homosexual, femme que para las demás? ¿Y quién lo decide? ¿Y a qué feas nos dejamos por el camino?

Caleb Luna se identifica como gordo, mulato, homosexual y femme. Vive, estudia, baila, escribe, da conferencias y las organiza en Austin.